La
pelota bota. Mi cuerpo empieza a temblar.
Mis
compañeros están bloqueados y, me encuentro en mitad de la pista.
Nunca
se me ha dado bien lanzar de triple, pero no creo tener otra opción.
Fuerzo
a mis piernas para que empiecen a correr.
Dos
pasos y botar. Dos pasos y botar.
Mi
primer rival me encuentra en el camino. Por suerte consigo pasarle con un giro
de talones.
No
sé cómo lo he conseguido, pero mejor no mirar atrás.
La
línea de triple está a cinco metros, pero igual que en una película, un nuevo
rival aparece.
Es
el número 12, y yo soy el 21, somos rivales de naturaleza.
Intenta
un ataque por la derecha, luego por la izquierda. No puedo avanzar.
Sus
ojos muestran su próximo movimiento, por lo que consigo evadirlo una vez más.
Nunca
he podido hacer nada como esto. Dudo de ser yo mismo.
Mis
compañeros intentan librarse de sus bloqueadores, pero es muy arriesgado
pasarles el balón.
Un
desliz bastante oportuno hace que mi rival pierda el equilibrio, por lo que
consigo pasarle.
Llego a la línea de triple y ahora no estoy tan seguro de lo que quiero hacer.
Llego a la línea de triple y ahora no estoy tan seguro de lo que quiero hacer.
Me
preparo. Oigo los pasos de mis rivales que se aproximan por la espalda. No
tengo tiempo que perder.
Doblo
las rodillas. Apunto con la mano izquierda y lanzo. El tiempo se detiene.
Rebota
en el aro. Choca contra el tablero y entra.
He
marcado. Ni yo mismo me lo creo.
Lástima
que perdamos por veinte cuando termina el partido.
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